Ya tengo unos años para recordar
una pequeña parte de la historia política de este país, la más reciente.
Cuando
rondaba los veinte tenía una especie de vagos recuerdos, alimentados por la
sana envidia, recuerdos de los tiempos de cambio, ilusión y música de guitarras
que se dio durante la transición, pero cuando yo rondaba esos veinte todo
estaba inundado de pragmatismo, quietud, el ídolo al que emular por mis compas
universitari@s eran banquer@s que parecían comerse el mundo y las películas que
inundaban nuestros sueños eran protagonizadas por tiburones financieros de New
York encarnados por Michael Douglas. Algo había cambiado.
El
tiempo pasó y parecía que la política no era importante, que no interesaba y no
se hablaba del tema en la calle. Nadie esperaba nada en concreto.
Con
las aguas calmadas y el silencio como cortina, sin testigos, todo se fue
deteriorando, degenerando, se abrió un abismo entre los verdaderos sujetos de
la política, la gente, y los que se arrogaban ese papel, sus “representantes”.
Solo
hubieron de transcurrir otros veinte años para que todo saltase por los aires. La
gente asumió su rol, se dio cuenta de que política era lo que ellos hacían y
que siempre les había interesado porque siempre es importante e interesa lo que
le pasa a cada uno y a las personas que nos rodean. Madrid se fijó en la gente de la calle y les ofreció
su plaza más emblemática para proponer a toda@s el cielo como límite.
Antes,
en los tiempos de los banquer@s como espejo, nadie esperaba nada más que eso,
mirarse al espejo. Ahora, en los tiempos en que las personas hacen frente a los
que no saben ni les interesa la política atravesamos ese espejo y vemos otro
mundo en el que si esperamos algo del futuro porque la esperanza nace del
soñar, del creer que se puede y hacerlo con tanta sinceridad y voluntad que se
alcanza cualquier objetivo cuando todas y todos se unen por ello.
Las
aguas no bajan ya calmadas para que no sirvan de cortina, con su silencio, tras
la que esconderse, ahora rompen contra acantilados de piedra, de inmovilismo
que se representa alto, irregular e invencible sin saber que la erosión del mar
y el viento son un trabajo arduo, lento pero absolutamente inevitable. Si
queremos que las cosas progresen, para que sigamos soñando, para que seamos
dueños de nuestro destino y eso no vuelva a revertirse deberá persistir ese
viento, esa mar para que nunca más un muro de piedra irregular nos diga cómo
deben ser las cosas.
Yo
espero de la campaña que el viento sople con fuerza y la mar permanezca brava y me
comprometo a trabajar para que no deje de suceder.
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