Desde que Kennedy cimentó su
victoria sobre Nixon en 1960 en las presidenciales estadounidenses los debates electorales se
han convertido es un elemento fundamental de cara a las elecciones en un país.
En España ha sido hace relativamente poco cuando se han empezado a dar y hasta
ahora nunca habían ido más de dos candidat@s a la presidencia del Gobierno. Una
de las consecuencia del lento declinar del bipartidismo ha sido precisamente el
aumento en la pluralidad en estos debates.
El objetivo de estos debates es
fundamentalmente el votante indeciso. Los que tienen decidido si van a votar o
no o a quién van a votar ven este tipo de enfrentamiento dialéctico desde el
posicionamiento de su candidata o candidato.
Es sano que existan y se
televisen los debates pero no hay que olvidar que estos desafíos verbales han
estado siempre en la calle, en las plazas, en los mentideros (lugares, plazas,
donde las gentes se reunían para debatir) las formas y los lugares donde se
realizan han cambiado con los siglos pero la esencia y la verdad han
continuado.
Si algo ha cambiado en los
últimos años es que las políticas y los políticos han empezado a salir a las
plazas, a las calles, a rendir cuentas de lo que hacen ante las personas a las
que representan y que les votan. Poco a poco hemos ido yendo de un formato en
el cual veíamos a la distancia de una pantalla de televisión a un@s candidat@s
que trataban de convencerte si aún no lo estabas a otro en el que cara a cara,
sentados en sillas plegables y sin más normas pactadas que las propias del
debate puro, en una plaza, una persona cualquiera empuña un micrófono y
pregunta en concreto sobre lo que le importa, le afecta e interesa a su
representante, que no tiene otra que dar una respuesta clara, sincera y real
porque de lo contrario su interlocutor se lo va poner de manifiesto a
continuación y de forma inmediata porque está allí junto a él, en la calle, en
la plaza, esperando la respuesta que necesita y al final, de una forma u otra,
la va a obtener. El contacto directo es un potente canal de comunicación.
Como en los debates televisados,
también hay fieles e indecis@s pero est@s no se encuentran frente a la barrera
de la pantalla. Se pueden acercar, preguntar, debatir y mirar al polític@ a los
ojos para saber si es sincer@ o no.
Los debates televisados son
importantes, fundamentales, pero son una pieza más en el engranaje de la maquinaria que se mueve con el objetivo de conseguir que el proyecto de vida que
representas para la sociedad sea el que se desarrolle en los próximos cuatro
años, hay otros elementos, otros recursos y herramientas igual o más efectivos, nada convence más que alguien en una plaza hablándote y que permite que te acerques a interpelar o preguntar directamente por las listas de espera, el abono transporte, la situación de las mujeres o la precariedad laboral.
Desde los platós o desde la plazas debe haber debate siempre y éste debe ser lo más sincero y transparente posible para alcanzar ese objetivo y que éste no se quede en un mero triunfo electoral sino que vaya más allá y nos cambie la vida como queremos que lo haga, más justa y solidaria.


